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Artículo por Juan Montes
Última actualización 18/02/2009@21:23:58 GMT+1
El acontecer de la información económica regional en los últimos días nos ha deparado una declaración irrelevante, un comentario ofensivo y un nuevo debate para olvidar. La primera procede del ámbito político. “El desempleo ha subido en Castilla La Mancha por debajo de la media nacional”. Triste consuelo.
La inmensa mayor parte del paro en nuestra región se produjo en la primera fase de la crisis, con el desplome del sector inmobiliario, por lo que el ritmo de desempleo tiende a desacelerarse. Pero el problema ahora no es ya si hemos tocado fondo, sino cuánto tiempo vamos a permanecer en la sima. El origen del segundo es el mundo financiero, donde alguien se ha referido en “pétit comité” al primer año de la recesión como histérico, no histórico. Afortunadamente, ese comentario no se ha hecho a micro abierto. Los miles de pequeños y medios empresarios y trabajadores autónomos que se desesperan por conseguir un crédito que evite la desaparición de su medio de subsistencia, y de ciudadanos que ya no disponen de recursos para pagar la hipoteca, podrían sentirse seriamente agraviados. La prepotencia de los banqueros roza lo intolerable. No es admisible que un de ellos acuse a la economía real de sus problemas financieros y otro asegure que el grifo de la liquidez va a seguir casi cerrado. Esas consideraciones solo sirven para que el resquemor general contra el sector entre en fase de indignación.
En lo colectivo, el lunes tuvo lugar en las Cortes regionales el segundo diálogo de sordos monográfico desde que empezó el año. La semana anterior, sobre el Estatuto, lo convocó el PSOE; éste, con el paro como tema, a iniciativa del PP. Da igual; las sensaciones que te dominan después de haberlo escuchado son hastío e irritación. Castilla La Mancha es un ejemplo paradigmático de lo que ocurre en este país desde hace meses. Una economía excesivamente dependiente del ladrillo sin alternativas en cuanto a generación de empleo; se tardará varios años en recuperar los puestos de trabajo destruidos. Una entidad financiera de referencia demasiado expuesta cuya tardanza en hacer públicos sus resultados de 2008 empieza a resultar sospechosa. Nadie duda ya que dichos resultados van ha ser francamente malos. Unas administraciones públicas que no pagan lo que deben a las empresas privadas que han contratado. Desde el gobierno regional, una cascada de medidas que a menudo se amontonan y se solapan, sin que se sepa a ciencia cierta si responden a un plan o a meros impulsos voluntaristas, ni si hay recursos financieros suficientes para llevarlas a cabo. Desde la oposición, unas propuestas de las que solo se conoce el número y una jefa de filas enfangada en una escandalosa crisis nacional de su partido que se muestra incapaz de controlar. La audiencia que concitan las discusiones que organizan unos y otros en las Cortes se circunscribe casi en exclusiva a los propios miembros de la Cámara y los periodistas que tienen que cubrir la información. Los argumentos se conocen de antemano; el resultado, también. La película se lleva proyectando demasiado tiempo. Dada la naturaleza de esta crisis, es lícito sentirse desconcertado, porque nadie en este mundo sabe a ciencia cierta como enfrentar el futuro. Pero deberían evitar estos espectáculos. Ellos también están agotando el crédito que les otorgan los ciudadanos.